viernes, 11 de mayo de 2012

Artículo ecoestrategia

LA HISTORIA DE UN ECOLOGISTA QUE BRILLA EN LA OSCURIDAD
Albert Ronald Morales autor de tres best seller sobre la Frutoterapia

Este colombiano de nacimiento y ciudadano del mundo, no ha dejado que la ceguera que padece desde 1984 le impida triunfar y dar a conocer las investigaciones sobre el poder terapéutico de las frutas que durante décadas ha realizado en su país natal y que viene divulgando a través de conferencias por todo el mundo. Actualmente vive en España donde se ha publicado su último libro “Frutoterapia y belleza”.



Madrid, 28/12/2004 (Ecoestrategia). A simple vista Albert Ronald Morales es un hombre sin ninguna limitación: se mueve por su casa con soltura, camina por la calles sin bastón, está informado de lo que pasa en el mundo, lleva una vida de gran actividad entre conferencias, viajes, presentación de sus libros en ferias y eventos, y hasta lava los platos en su casa después de la cena. Sólo leves movimientos torpes y el uso permanente de gafas oscuras evidencian la ceguera que padece desde hace 20 años a raíz de un accidente de tráfico, pero esa ceguera no le ha impedido triunfar, más bien, le ha hecho brillar con gran fuerza desde la oscuridad.

Albert Ronald Morales nació en el campo, en el seno de una familia ecologista por tradición e intuición, en una vereda llamada Bocas, en el municipio de Girón, departamento de Santander en Colombia. Ha sido durante toda su vida un ecologista de corazón y además de batalla y trabajo intenso. Durante varios años estuvo al frente de la Organización Mundial Amigos de la Tierra capítulo Colombia, donde a través de innumerables campañas que movilizaron a miles de personas demostró su amor por la naturaleza.

Durante toda su vida ha mantenido un interés por las frutas y desde muy joven empezó a investigar sobre ellas. Lo hizo pausadamente y con dinero de su bolsillo mientras se ganaba el sustento realizando otras actividades. Largos años de esfuerzo se vieron recompensados cuando en 1997 publicó su primer libro llamado: “Frutoterapia, el poder terapéutico de 106 frutos”, que inmediatamente fue éxito de ventas en Colombia y posteriormente en otros países de América. Actualmente vive en España y su segundo libro: “Frutoterapia, nutrición y salud” (editorial Edaf) fue uno de los más vendidos en la pasada Feria del Libro de Madrid.


En el año 2004, la editorial Edaf publicó en España su último trabajo: “Frutoterapia y belleza”.


Una infancia maravillosa

Albert Ronald fue el quinto hijo de una familia numerosa compuesta por 10 hermanos y dos padres entregados a su educación. El padre que trabajaba como operario en los Ferrocarriles Nacionales decidió comprar una finca en las afueras de Bucaramanga (Colombia) llamada “La puerta del sol”, allí fue a vivir toda la familia en una especie de granja ecológica donde se producía todo lo necesario para subsistir.

“Mi padre sembró árboles frutales alrededor de toda la finca. La cerca que teníamos era sólo de frutas, muy natural; pasaba la cosecha de naranjos, venía la de manzanos, luego la de chirimoyas y así sucesivamente. En esa época conocí frutas como el mamoncillo y la zarrapia, una fruta única de allí que utilizaban para hacer jabones”, recuerda Albert Ronald.


La finca era plana, tenía un riachuelo, vacas, cabras, gallinas y conejos. Se recogía el estierco y el padre elaboraba compost para utilizarlo como abono. También se sembraban los productos básicos de una huerta. “Debajo de la finca había un arroyo para pescar, pero mi padre no dejaba usar atarraya (red) solo anzuelo. Tampoco dejaba pescar en épocas de desove, era un ecologista por intuición”, asegura Albert Ronald.


Así transcurrió la infancia de Albert Ronald Morales, entre frutas, naturaleza, agua, mañanas de estudio en la escuela cercana y tardes de juego con los niños de otras fincas. En especial recuerda aquellos abriles cuando salía con sus amigos a perseguir a las miles de hormigas culonas (tradicionales de esa zona de Colombia por ser comestibles) apertrechados con botas y los trajes necesarios para no ser picados. Después del juego disfrutaban de una suculenta cena con hormigas fritas como plato principal.


Luego vinieron los años de la adolescencia en una nueva finca en Sábana de Torres, época donde el padre de Albert Ronald decidió sembrar otros productos como arroz. Cuando tenía unos 15 años compraron con su padre y hermanos otra finca en el Carare, Santander, una zona selvática donde sembraron café, cacao, y se dedicaron a la agricultura tradicional pero siempre haciendo un manejo biológico.



El ecologismo y el movimiento del 68

“Mi padre murió por la picadura de una serpiente endémica de la zona, de la familia de la Talla X, cuando yo tenía 17 años. Entonces vendimos la finca y nos fuimos a vivir a Bucaramanga (capital del departamento). Empezó la vida estudiantil, llegó mayo del 68 y todas las revueltas de París. Ya tenía 18 años y a mi generación le tocó la época de los hippies, la paz, el amor, el no a la guerra y todo el movimiento ecologista que empezaba a aflorar”, recuerda.


Y continúa, “Llevábamos la música de los Beatles en la sangre, hacíamos brigadas para recoger ropa para los marginados, hacíamos conciertos, hacíamos senderismo, todos mis amigos eran adinerados, yo era el más pobre, nos íbamos a unas cuevas indígenas y enseñábamos a los campesinos técnicas de cultivo...”


“Incluso nos inventamos un proyecto: “Reforestación productiva urbana y rural”, que consistía en ofrecer las frutas del campo en la ciudad. No funcionó como lo planeamos, pero al final se desarrolló de otro modo: Logramos que los niños pobres de la ciudad se organizaran para vender las frutas de los campesinos pero ya listas para comer. Por ejemplo, la piña se vendía en rodajas, sin cáscara en una bolsa higiénica, así la gente de la ciudad la podía comer de inmediato y muchas veces la preferían a otro tipo de merienda. Después hicimos lo mismo con el mamoncillo y el mango. La idea se extendió posteriormente a toda Colombia”.


Ahí fue donde Albert empezó a interesarse más por las frutas y a investigar sin dejar de hacerlo hasta el día de hoy. “Empecé a investigar sobre las frutas recordando la frase de mi padre -uno quiere lo que conoce-.


En esa época también afloró la faceta artística del autor, tocaba batería y tuvo un grupo musical llamado “Golden Star”. También participó en un trío con el que tocaba serenatas. En Radio Bucaramanga participó en el concurso “buscando estrellas” cantando una canción del argentino Sandro con la cual ganó el concurso y también el título entre sus amigos de “Sandro de Santander”.


En el año 72 se fue a Bogotá (la capital colombiana) porque la anterior experiencia lo impulso a ser artista, entonces compuso una canción para el Festival de la OTI, pero ese año no se realizó. Así que entre grandes ilusiones terminó en el bar Candilejas donde cantó música de protesta y conoció artistas e intelectuales de la época, como los fundadores del movimiento literario Nadaísta. Al final el mundo sórdido de la noche bogotana no le gustó y decidió retirarse de ese círculo.


Posteriormente se dedicó a hacer radio y a leer poesía en los programas bohemios de la noche. Su encuentro con el movimiento ecológico se dio en Bogotá en 1975 cuando se organizó el primer encuentro de chamanismo y esoterismo a escala internacional, Albert Ronald fue invitado por su amigo Salomón González (político que fue gobernador de las islas de San Andrés) a hacer una conferencia que tituló “las abejas también son brujas”, allí empezó a hablar de ecología a públicos masivos.


“Empecé a dar charlas sobre alimentación, manejo del agua, y de ahí en adelante no dejé de dar conferencias. Hablaba de mis experiencias en el campo con mi padre, de cómo la guadua y el bambú podían detener la erosión. Los primeros que empezaron a hablar de ecología en Colombia fueron los vegetarianos que nos mostraron al círculo de interesados el documento del Club de Roma (Los límites del crecimiento) y las conclusiones de la primera conferencia de la ONU sobre medio ambiente de 1972 en Estocolmo. A todo esto se sumó el nacimiento de Greenpeace y la fundación en Colombia del Instituto Nacional de Recursos Naturales Renovables (Inderena).


Albert Ronald hizo estudios sobre la palma africana, también sobre el cutsu, una planta que fija el nitrógeno y controla la hierba mala, y ayuda a la polinización. “Fueron años de mucha investigación y trabajo con amigos biólogos, farmacéuticos y fotoquímicos como yo. Posteriormente mi familia compró una finca en Silvana (cerca de Bogotá) y trabajamos en investigación desde 1981 a 1988”.



Llega la ceguera y el mundo abre nuevos horizontes
A raíz de un accidente
en el laboratorio, llega la ceguera. “Yo quería darle una casita en el campo a mi mamá, pues después de la muerte de mi padre la vida fue muy dura para ella al tener que sacar adelante una familia de 10 hijos. Entonces en 1981 compramos con uno de mis hermanos la finca que aún conservamos y montamos dos locales para vender productos derivados de la leche de cabra, variedades de quesos, panelitas y miel de abejas. Cuando me sucedió el accidente no tuve tiempo de pensar ni de deprimirme, pues tenía que sacar adelante el proyecto”, rememora.

Y continúa: “mi reacción hacia la ceguera fue muy racional y fría. De ahí en adelante lo que pensé fue en acondicionar mi vida para seguir funcionando. Solo hasta el año 1988 hice un curso en el instituto de rehabilitación para adultos ciegos, y lo hice más para conocer ese mundo. Siempre he tenido la fortuna de tener gente a mi lado, y una memoria prodigiosa que me ha servido para salir adelante...”.


“Mis proyectos y mi vida continuaron con más ímpetu. Mi hermana que vivía en Londres se hizo socia de Amigos de la Tierra y luego me consiguió la representación de esa organización en Colombia. El Día de la Tierra de 1990 hicimos una caminata con varias ongs del país y entidades gubernamentales que movilizó en Bogotá a más de 200 mil personas que terminaron en un concierto verde en el Parque Nacional”.


“Por aquella época también hice teatro y conocí a mucha gente del mundo artístico. Incluso montamos la obra Simbiosis donde se contaba mi vida de invidente entre un mundo de personas normales. La obra la presentamos en el Festival de Teatro de Manizales donde ganó un premio”.


La vida de Albert cambió radicalmente el 6 de junio de 1990 cuando conoció, en una celebración ambientalista, a Jeannette Jaime, su mujer y la madre de su hija Daya. Juntos siguieron el camino del ecologismo y la investigación sobre el poder curativo de las frutas hasta que en 1997 se publicó su primer libro y los siguientes que han sido éxito editorial en América y España.


En Colombia construyeron la primera casa ecológica, con todos los servicios y comodidades del mundo moderno y montaron un herbolario y el primer banco genético de la frutoterapia; empezaron a sembrar especies autóctonas y especies en vía en extinción.


Actualmente viven en Madrid, donde han abierto la primera tienda de frutoterapia para vender especies frutales de Colombia, importadas dos veces por semana para que siempre estén frescas. Para Albert Ronald no existen obstáculos en la vida. “Cuando un ser humano quiere hacer las cosas no importa que le falte un ojo o una pierna, el saber está en la cabeza y eso es lo último que se pierde”.

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